<<EL ARTE DEL ENCUENTRO HUMANO>>

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Lo social y lo colectivo ocupan hoy un importante lugar en la vida de todos nosotros y pocas veces nos encontramos solos. También podemos observar que no nos gusta la soledad y en algunos casos incluso produce tedio, a veces por la pobreza interior, por el escaso interés en profundizar temas vitales. Por otra parte, las relaciones humanas han perdido el carácter de intimidad. Hay personas que nunca han sido sujeto para el otro, un ser único, no intercambiable; solo son miembros de una comunidad, un grupo o en el mejor de los casos, de una familia. Esto se detecta más en personas jóvenes, pero no es exclusivo, se percibe en diferentes edades.

Sin embargo, lograr la comunicación directa y personal es tal vez el deseo más profundo del corazón humano, pero para ello, necesitamos pasar primero por la experiencia de la soledad. Aunque parezca contradictorio, solo en ella nos captamos capta como seres únicos, aunque signifique pasar por la angustia que produce tomar conciencia de las propias singularidades. Es entonces que se asume el control de sí mismo y se comienza a descubrir el sentido verdadero de la existencia.

Podemos decir que el espacio de la soledad personal, es un estadio de preparación. Paradójicamente, cuanto más conocemos nuestra singularidad, más necesidad tenemos de comunicación con el otro. Porque en los encuentros con las otras personas se prueba no lo que se imagina ser, sino lo que verdaderamente se. Encontrarnos con los otros nos llena de esperanza porque vemos la posibilidad de salir de nuestra soledad, pero también nos genera temores. ¿Ganaré más de lo que puedo perder?

El deseo de formar un nosotros es más fuerte, porque solo en el encuentro con el otro logramos la plenitud como personas. Esto es así porque la plena realización personal no se logra buscándola desesperadamente sino cuando somos capaces de colaborar para que otros la encuentren y logren acercarse a la felicidad; un proceso de autotrascendencia que requiere salir del sí mismo hacia los otros.

<<Lograr la comunicación directa y personal  es tal vez el deseo más profundo del corazón humano, pero para ello, necesitamos pasar primero por la experiencia de la soledad>>

El deseo de formar un nosotros es más fuerte, porque solo en el encuentro con el otro logramos la plenitud como personas. Esto es así porque la plena realización personal no se logra buscándola desesperadamente sino cuando somos capaces de colaborar para que otros la encuentren y logren acercarse a la felicidad; un proceso de autotrascendencia que requiere salir del sí mismo hacia los otros.

Encuentros con determinadas personas suelen ser decisivos, sobre todo si ellas encarnan en sus vidas lo que nosotros tenemos como ideal o buscamos aunque sea confusamente. Y estos encuentros pueden producirse con las personas menos esperadas, de ahí la importancia de la apertura, tan diferente de la persona prejuiciosa que limita su existencia a un pequeño núcleo de convivencia.

Una vez que se posee plena consciencia y claridad de criterio, se eligen las influencias que se quieren experimentar y que nos harán salir de nosotros mismos, autotrascender, crecer. Eligiéndolas nos protegemos de las que no queremos incorporar. El poeta alemán Goethe llamaba a estas posibilidades de selección, “afinidades electivas”.

Este tipo de influencias, que surge de un encuentro con una persona o algo que viene de ella, lejos de forzarnos a hacer cosas extrañas al sentir profundo de nuestro yo, actúa como invitación a poner en acto lo que el yo tiene de más profundo y auténtico. Es decir, nos hace más personales.

Estos encuentros nos invitan a descubrirnos y a ser verdaderamente nosotros mismos, a llevar a pleno lo que traemos en potencia y todavía no concretamos y que resulta constructivo para nuestra vida y la de los otros, porque serán nuestro aporte original a la existencia.